La terapia intensiva quedó atrás. Después de semanas de dudas, tropiezos y una sensación de crisis que amenazaba con instalarse en La Noria, Cruz Azul encontró el remedio más sencillo y, a la vez, el más poderoso en el futbol: ganar.
La Máquina cortó la sangría, recuperó la confianza y se reencontró con la victoria al imponerse 3-1 al Necaxa, en una noche en la que el campeón volvió a parecerse al equipo que levantó el título y que ahora comienza a amenazar con regresar para defender su corona.
El equipo dirigido por Joel Huiqui llegó a Aguascalientes con urgencias. Las ausencias de Rotondi y Piovi, además del nuevo escenario tras la salida de Erik Lira, obligaban a mover piezas y, sobre todo, a encontrar respuestas.
Huiqui apostó por los ajustes. Liberó a Jeremy Márquez de la banda derecha para colocarlo en una zona donde pudiera explotar mejor sus condiciones, abrió espacio para el joven Rogelio González y recurrió a Amaury García, quien ya había demostrado su capacidad durante la Liguilla y que ahora tiene la difícil encomienda de llenar el vacío dejado por Lira.
La apuesta funcionó.
Cruz Azul recuperó una fórmula que le había dado resultados: cinco hombres en el fondo, laterales con libertad para lanzarse al ataque y un mediocampo encargado de dictar el ritmo. Ahí apareció Charly Rodríguez, convertido en el faro celeste y en el hombre que asumió el liderazgo dentro de la cancha.
La Máquina comenzó a jugar con otra cara. Tocó, se asoció y controló el partido. No era todavía un equipo perfecto, pero sí uno que había recuperado algo que parecía perdido: la confianza.
Y entonces llegó el primer golpe.
Un córner cobrado por Charly encontró la frontal del área. Jeremy Márquez apareció de frente y conectó de derecha. El disparo salió como una línea, limpio, potente, imposible de detener.
Golazo.
El grito de la banca y de los jugadores celestes pareció liberar toda la tensión acumulada durante las últimas semanas.
Cruz Azul comenzó a gustarse.
El equipo cementero combinaba mejor, encontraba espacios y llevaba el partido hacia donde quería, aunque todavía le faltaba convertir ese dominio en mayor peligro frente al arco. Bajó un poco la intensidad antes del descanso, pero conservó la ventaja.
Necaxa no encontraba respuestas.
Y apenas comenzó el segundo tiempo, La Máquina volvió a acelerar.
Charly Rodríguez apareció nuevamente en escena. El nuevo capitán tomó el balón y, en lugar de buscar el protagonismo individual, encontró a Nicolás Ibáñez. El delantero controló y definió con clase para marcar el segundo.
Cruz Azul ya no sólo ganaba: disfrutaba.
El equipo comenzó a soltarse y el tercero fue la confirmación de que la noche pertenecía a los cementeros.
Esta vez fue Ditta quien se convirtió en creador. El defensor se incorporó al ataque, combinó con Paradela, apareció dentro del área y definió con la sutileza de un delantero centro experimentado.
3-0.
Antes de cumplirse la hora de juego, La Máquina había pasado de las dudas a la autoridad. De la crisis a la confianza. Del silencio a la celebración.
El resto fue trámite.
Necaxa intentó reaccionar y encontró el descuento al minuto 83, cuando Miguel Rodríguez mandó el balón al fondo de las redes. Pero ya era demasiado tarde. Cruz Azul había construido una ventaja que no estaba dispuesto a dejar escapar.
El silbatazo final confirmó algo más importante que los tres puntos.
La Máquina había vuelto a sonreír.
Después de semanas en las que todo parecía cuesta arriba, Cruz Azul encontró en Aguascalientes una bocanada de aire. Huiqui acertó con sus movimientos, los jugadores respondieron y el campeón recuperó una identidad que parecía extraviada.
La malaria quedó atrás, al menos por una noche.
Ahora Cruz Azul tendrá que demostrar que esta victoria no fue solamente un paliativo, sino el comienzo de una recuperación capaz de devolverlo al lugar que ocupa por derecho propio: el de un campeón dispuesto a defender su corona a piedra y lodo.
