* El campeón atraviesa su momento más gris desde la llegada de Joel Huiqui
Cruz Azul no encuentra la salida. El campeón atraviesa horas bajas y, noche tras noche, parece hundirse un poco más en una dinámica que ya genera inquietud y alerta. La tercera derrota consecutiva en Liga MX llegó este sábado en casa, con un 2-0 ante Atlas que volvió a exhibir las carencias de un equipo sin rumbo futbolístico.
La Máquina tuvo algunos chispazos, pequeños pasajes en los que consiguió conectar sus líneas, pero fueron insuficientes para encontrar el gol. Del otro lado, cada desconexión defensiva terminó convirtiéndose en una amenaza directa sobre el marcador.
Atlas entendió perfectamente el partido. Los rojinegros llegaron al Banorte sin complejos, sin dejarse intimidar por la condición de campeón de su rival y con una idea clara: tener la pelota, tocar con paciencia y acelerar cuando encontraran espacios.
Los Zorros jugaron con personalidad. Cruz Azul, en cambio, se mostró espeso, sin ritmo, sin vértigo y, sobre todo, sin una secuencia constante de juego.
Las ausencias tampoco ayudaron. Sin Piovi, Rotondi y Lira, Joel Huiqui tuvo que echar mano de Chiquete, Montaño y Ebere, pero las modificaciones no lograron darle un aire diferente a La Máquina. El equipo siguió partido, con dificultades para generar peligro y sin la fluidez que necesita un campeón para reaccionar en momentos complicados.
Atlas pegó primero
Atlas fue más vivo y encontró el camino para hacer daño.
Duk se convirtió en una pesadilla por la banda izquierda. El caboverdiano desbordó a Campos con facilidad y mandó un centro al corazón del área. Aguirre apareció con determinación para conectar de cabeza y terminó llevándose por delante a Márquez.
Cruz Azul reclamó una falta, pero el VAR no encontró infracción. El gol subió al marcador y, apenas después de media hora, el campeón ya estaba contra las cuerdas.
La reacción celeste nunca llegó del todo. Atlas incluso estuvo cerca de ampliar la ventaja cuando Monzón estrelló un disparo en el poste. Cruz Azul tuvo una oportunidad para meterse nuevamente en el partido, pero Chiquete no alcanzó a empujar un centro de Montaño.
La Máquina necesitaba un golpe de carácter. No lo encontró.
Atlas volvió a avisar con un disparo de Zaldívar que también terminó en el poste. Pero a la tercera oportunidad, los rojinegros no perdonaron.
Otra vez Duk apareció por izquierda, encontró el espacio y puso un servicio que Monzón convirtió en el 2-0 justo al minuto 45. Cruz Azul se marchó al descanso con una desventaja que reflejaba lo sucedido sobre el terreno de juego.
Huiqui movió sus piezas, pero no encontró la fórmula
Para el complemento, Huiqui buscó sacudir a su equipo con los ingresos de Romero y Amauri. La intención era clara: darle mayor circulación y fluidez al mediocampo.
Por algunos minutos, Cruz Azul mostró otra actitud. Paradela incluso tuvo el descuento en sus pies, pero Camilo Vargas apareció para bloquear el disparo con el pie y mantener intacta la ventaja rojinegra.
La Máquina quería, pero no sabía cómo.
Los ataques celestes fueron más producto del empuje que de una idea futbolística clara. Huiqui observaba desde el área técnica y consultaba una y otra vez su tableta, buscando una alternativa que permitiera cambiar el rumbo de una noche que se le escapaba.
Atlas, mientras tanto, hizo lo que mejor le convenía: juntó sus líneas, cerró espacios y convirtió el partido en un trámite incómodo para su rival.
El bloque defensivo rojinegro fue total. Cruz Azul intentaba encontrar caminos, pero no aparecía ningún futbolista capaz de cambiar la dinámica. Ni los cambios ni el empuje final consiguieron alterar el guion.
Huiqui terminó el encuentro con dos centros delanteros sobre el terreno de juego, en busca de un balón que pudiera devolverle la vida a La Máquina. Apenas hubo una ocasión que realmente inquietara a Camilo Vargas: un remate de Ibáñez, demasiado débil para cambiar la historia.
El silbatazo final confirmó una realidad que comienza a ser preocupante.
Cruz Azul perdió por tercera jornada consecutiva, acumula tres partidos sin encontrar eficacia y, más allá de los resultados, vuelve a dejar la sensación de ser un equipo sin equilibrio, sin continuidad y sin una identidad futbolística reconocible.
El campeón vive horas grises.
Y La Máquina, por ahora, sigue sin encontrar la luz.
